
Una alianza rota, sostenida con alambre. Un casamiento que nadie eligió, armado para tapar una deuda que no es de Fiama pero que le van a hacer pagar igual.
Wenchulaf Coliqueo tiene el guion perfecto: Antu, la boda, el silencio de siempre. Pero Fiama ya no es la misma que aceptaba todo sin preguntar, y lo que siente por Catrilef y por Ayelén —algo que lleva meses creciendo sin que ninguno de los tres se anime a decirlo en voz alta— empieza a filtrarse por todas las grietas del plan.
Mentiras chiquitas que se hacen grandes. Un ultimátum que no da tregua. Y una decisión final que va a costarle más de lo que Fiama imagina.
Faltan cinco días. Y todavía no sabe para qué.
Con la revelación de que su propio bisabuelo se benefició del silencio alrededor de la Promesa, Fiama tiene que lidiar con la culpa de su propia familia al mismo tiempo que el casamiento arreglado con Antu avanza como un mecanismo que ya nadie puede frenar —Wenchulaf Coliqueo necesita esa boda para tapar una deuda que compromete a las dos familias. Mientras la cuenta regresiva hacia la boda corre, la tensión entre Fiama, Catrilef y Ayelén estalla en una pelea abierta: reproches sobre privilegio y pérdida, un comentario que duele más de lo que se piensa, y la primera vez que Fiama nombra —para sí misma, no en voz alta— que lo que siente por sus dos amigos no se parece a nada de lo que se supone que una siente por sus amigos de toda la vida. Entre mentiras cada vez más grandes para sostener las apariencias frente a las dos familias, y un ultimátum que no le da a Fiama margen para seguir postergando una decisión, el libro construye hacia los cinco días finales antes de que lo arreglado por otros se vuelva irreversible —y hacia una decisión de Fiama que le va a costar más de lo que ella misma imagina.
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